domingo, 19 de mayo de 2013

Prométeme que hoy no te quieres lo suficiente como para rasparte el alma a lengüetazos.

A veces me quedo algo extrañado de lo fácil que me resulta torcer mi propia palabra en contraposición de lo que me cuesta joder las palabras que le presto al resto.
Puedo prometer salvar a mi princesa de un dragón y cumplirlo, cumpliendo logros como "mejor tiempo" o "matar con cuchara", aparecer en los puestos de ranking, pero no puedo prometerme que tendré cuidado al afeitarme o que me arrascaré suavemente la espalda, ni siquiera que me acostaré con alguien que me atraiga. Lo sé, lo sé, suena extraño, pero me cuesta prometerme cosas, pasa que poco a poco dejo hasta de prometerme nada, total, no servirá.
Una vez dejé de prometerme que bebería sentado, otra que dejaría de oler su recuerdo en las fotos y otra me dejé de prometer que decoraría mi cuarto con plantas.
Sí, me gusta dejar mis propias promesas a la mitad, es mi forma de decir "hey, casi me gusta que te diviertas con tu suerte, chico!"

Cuando llevaba más de un año cumpliendo una promesa a mí mismo, quizás la más complicada que me había marcado(que manda cojones que sea capaz de cumplir ésa y no la de dormir antes de las 2 para despertarme bien), me encuentro con una piedra en mi carrera de atleta. Una piedra que, supongo, medirá un metro sesenta, con un acento que me costó aceptar, pero que rápidamente entendí que iba a ser una piedra porque es a la única persona a la que le acepto elogios. Lo sé, suena extraño, pero me cuesta aceptar elogios o críticas positivas, me dejan descolocado, no las suelo esperar.
De esa piedra me costaba no sentirme de puta madre, ciertamente, es como ser suficiente para tu ración, ser digno, SER, en letras mayúsculas, sin apóstrofes, comas o puntos, sólo SER.
Debo ser aún más sincero, empezó siendo un mero checkpoint, lo que me lleva a sincerarme aún más, en mi inmensa misoginia, había llegado al punto de querer relativizar todo contacto con lo femenino, hacerlo todo simples rutinas, y la primera que convertí en relativa fue el sexo, supongo que, a raíz de ello, comienza esta historia que me dispongo a contar.

Desde que recuerdo, en mis relaciones, he sido el perfecto fiel, el perrito que le ladra a tu falda y sólo a la tuya, al menos, supongo que así lo fui. Supongo, por inercia, que me volví misógino el mismo día que dejé de entender a las mujeres, el mismo día que me hicieron decir "enhorabuena, ha sido un jaque mate maestro, ni lo vi venir". No quiero ser cruel, pero me disteis tanto asco como la falta de heroína. Se fueron mis inyecciones y me dejaron sólo el recuerdo lejano de placer del sabor de almíbar que otro relamía, así, el sin más os lo dejo a elección personal.
Durante un tiempo estuve en Stand By, incapaz de hacer elecciones inteligibles, simplemente movido por la inercia, entre damas de laboratorio, así me encontré yo, ahí perdí todas las ganas de escribir(bueno, las ganas no, exactamente, más bien la "inspiración"; el sentirme a gusto con lo que escribía).
Mis bailes de salón con las damas de laboratorio me dieron unos ojos entrecerrados la mayoría del día, un estómago que llenar y unos colmillos de lobo incapaces de romperse, exactamente esas cosas que me hacían no ver la belleza, no saciarme, ni ser parte del placer por comer, simplemente comer por comer.
Entonces sucedió que pisé a las damas éstas y se fueron, les dije adiós, les di su abrigo y se marcharon, y la casa entera para mí. Volví a abrir los ojos de par en par, pero seguía sin ver belleza, ni fealdad, sólo cuerpos macizos, sólo relatos gestuales. Volví a saciarme, pero no de caricias, ni te quieros, ni te amos, ni esta noche no te vas, más bien de joderes, de qué gustos o de córrete en mi bocas. Pero nunca volví a encontrar el gusto en comer, seguí mordiendo por costumbre y sonreía cuando se quejaba la presa de certeza en los mordiscos.
Relativicé, me di cuenta yo solo, era capaz de no sentir nada, me siento frío, pero es la verdad, no significa nada para mí...bueno, sí, una eyaculación, si no, ¿qué sentido tendría seguir haciéndolo?
Mi única intención era probar y probar, sin más, casi me daba asco repetir.
Recuerdo otra noche como tantas, otra con mi disfraz de ovejita sobre los colmillos y encontrarme a esta piedra, como siempre, tal y como estaba entrenado, supe camelármela. No es difícil, ¡joder! Y qué si no podía morderla aquella misma noche para saber a qué sabía, lo haría otro día, me propuse.
Siguió sin ser difícil, no recuerdo cómo, pero tampoco recuerdo haber puesto mucho empeño, la inercia, ya os he hablado de ella, no me culpéis, he estado algo falto de ánimos para hacer algo los últimos 20 años.
¿Un litro de cerveza? Piedra, me estás poniendo a huevo que diga que una cosa llevó a la otra. Sin hablar de los retazos de conversación que hemos tenido, puedo poner mil excusas, me lo estás poniendo demasiado fácil, si sigues así voy a perder el interés, me decía entre sonrisita picarona y sonrisita con fines.
No lo voy a negar, estaba todo bajo guión, era fácil darse cuenta...si llevas el mismo tiempo que yo analizando gente para parecer normal, claro, si no...quizás fuera un poco complicado, trabajo bien...no, creo que era nivel profesional...da igual, no es el tema.
Algo que siempre me ha costado, hasta ahora, son los primeros mordiscos, a partir de ahí sé cuándo darlos, pero por muy evidente que se me haga la zona de dentellada, me cuesta lanzarme, no es miedo al fracaso, más bien es un "espera al momento perfecto, coge bien a tu presa, que no se escape, no lo hagas todo demasiado brusco ni rebuscado, eres un especialista en actuaciones" y demás etceteraciones, ya me conocéis. Recuerdo que ésto no fue distinto, y si digo recuerdo es porque todo ésto no es parte de una de las maravillosas historias dignas de libro romántico que estoy dispuesto a relatar, es más bien parte de un libro malo sobre sexo, alguno que alguna llamaría 23 lados contrarios al sol de Corle, más o menos.
Recuerdo decirme mentalmente "otra piedra más, allá vamos", sin más, simplificar, recuerdo todo éso, pensar en el día siguiente de camino al lugar del impacto de mi dentadura y sus puntos cardinales, pensar en la siguiente piedra, pensar en ron y en que me hacía falta bastante más cerveza para estar tan borracho y que quizás estaba sobreactuando.
El destino quiso...bueno, el destino, mi insana costumbre de no llevar servilleta...que esa noche no me pudiera comer como hubiese querido a aquella piedra, así que sólo la mordisqueé un poco para que cojease y no me costase alcanzarla al siguiente salto.
Pasó el tiempo de manera normal, no fui impaciente, no acostumbro a serlo, aunque quise parecerlo.
Y llegó el momento de saltar y salté, no recuerdo haber dudado, no sé si signifiqué algo para esa pobre presa apedrada, pero para mí no significó nada.
¡Agarraos que llegan curvas!
Cuentas, análisis, curvas de normalidad, inferencias, algoritmos, todo a la mierda. Conté con el hecho de no volverme el esclavo-dependiente de quien me uniese a su alma en un suspiro incontrolado, conté con la posibilidad de correrme de amor y preví todas las posibilidades de que en el abracito de después se me fuesen las promesas que me hacía a mí mismo, me entrené contra ello y me sale de puta madre, puedo hacerlo todo como un enamorado sin serlo, pero hay cosas que no puedo evitar porque no llegué a pensar que sería tan estúpido de dejar que pasaran.
Y lo hice, repetí, "con doble ración de ensalada y, si puede, tráigame un poco de pan", le dije al camarero. Efectivamente, no sentí nada nuevo, tranquilos, pero...¿cenar juntos? Claro, no le puede hacer daño a nadie, es tu presa, pero tiene derecho a disfrutar de una comida con su cazador, intercambiar puntos de vista, ¿qué daño le va a hacer hablar a una presa sobre el ansia o sobre tu trabajo día a día haciéndote pasar por otro más? ¡Bienvenido a la guardería!
Zas, en un par de encuentros más me volví ese triste perrito que sólo ladra a sus cenas y a sus conversaciones...pero no me salía ladrarle a su falda, y se me iba el hocico en busca de cualquiera que la llevara más corta.
Y llegó el momento de sincerarse, decirle "eh, me gusta tu sabor, me gusta tu textura, puede ser que quiera que estés algo más de tiempo en mi carta", y así le dije a la piedra en una noche casi como la siguiente:

¡Qué dolor de cabeza! Últimamente no puedo dejar de pensar en la de cosas que me he perdido haciendo las cosas mal, tenía en mis manos la posibilidad de cambiar mi país y la desperdicié por no prestarle la suficiente importancia, prefería dormir, ya ves...al menos tengo ésto a mi alcance; tener la cabeza de esta chica en mi regazo, acariciarle la cara y hablar de gilipolleces, sonreír de vez en cuando, jugar a olvidarnos de algo (por cierto, mi truco es pensar en un oso marrón cuando digo oso blanco) o contar chistes malos sobre humor negro. Qué extraño, su acento ha dejado de parecerme ridículo, creo que es su risa, su risa atenúa bastante ese afrancesamiento que noto, tan formal, tan deseoso de estereotiparse en lo correcto sin serlo, quizás es éso lo que me chirriaba, pero...sí, su risa me relaja, me gusta alcanzar su risa, sin pasarme, me gusta provocarla, sé hacerlo, es una fórmula sencilla(analizar a toda persona tiene sus consecuencias, buenas o malas).
Esos ojos...son parte de su risa también, no la está forzando, le sale sola...es suya y no me miente, no pretende mi aprobación, ni siquiera busca que me sienta cómodo, se ríe porque le hace gracia...voy a probar a ver si...efectivamente, no es el humor, es mi tono y que yo sonría...está cómoda, ¿por qué? ¿Por qué estoy yo cómodo? No es tan siquiera una postura cómoda, pero tengo el interior sereno, relajado y...su voz me llega...¿qué hora es? ¿Han pasado tantas horas desde que me recogió? ¿Por qué me cuesta tanto medir el tiempo en su presencia? ¿Me habré vuelto gilipollas de repente? Ha dejado de reírse, ¿debería soltar algo para que se siga riendo? No, no quiero acostumbrarme a su risa como el que se acostumbra a una buena canción, no quiero pasarla tan fácilmente...espera, ¿por qué pienso ya en no cansarme de ella? Creo que me está hablando, debería volver al mundo real, pero esta retahíla de preguntas me llama más ahora mismo, ¿por qué no he dejado de acariciarla? Voy a escucharla un segundo.
A mis oídos llega un nervioso "¿por qué me miras así?" evidenciado por una semisonrisa.
De mis labios sale sin pensar un "creo que te quiero", de repente mis 50 personalidades posan sus 50 manos derechas (excepto las personalidades zurda, manca y reivindicativa, ésta última usa un pie izquierdo) sobre sus caras, se escuchan "la has liado" y "ya estamos otra vez" por doquier, pero, entre vosotros y yo, estaba más pendiente de que su frecuencia cardíaca había aumentado y de que sus pupilas se estaban dilatando desde hacía un rato, pero que han pegado un estirón considerable en el último segundo. Sus comisuras se han desplazado hacia el exterior de forma ínfima, dándole un nuevo sentido a su boca, que pasa de seria e inquisitiva a relajada y emocionada, mis oídos esperan una bofetada contraria a lo que siente, pero se deja llevar y dice "creo que yo también", lo que nos lleva, mis queridos alumnos a...nah, no os voy a explicar psicología asociada a una respuesta veloz, ya os lo explicaré otro día.

Al día siguiente me encontré andando con otra canción en el cerebro, me sentía bien conmigo mismo, estaba siendo totalmente gilipollas (de nuevo) y éso merecía ver el amanecer de otra manera.
El problema no está relacionado con equivocarme, el problema está en lo que muchos habréis pasado por alto, que yo seguía movido por inercia a morder toda presa que se pusiera a mi alcance, y lo que es aún peor, no sentía nada haciéndolo, simplemente se había convertido en mi nueva forma de respirar y lo hacía muy bien.
No quiero enrollarme mucho más, así que, al poco, le expliqué a mi pequeña piedra que era incapaz de ladrarle sólo a su piedra, paso de explicaros qué vi en sus ojos, es bastante privado.
Continué esta historia hasta el día de hoy, sin prestarle mucha atención, rondando de aquí para allá, pero pasando los mejores momentos de cada semana en estar acompañado por la luz de una pantalla que nos alumbraba con películas antiguas y malas a ella y a mí, y sabía que eran los mejores de cada semana, no los cambiaba por nada y, sin embargo, en cuanto se iba tardaba menos que nada en descolgar el teléfono si alguna otra falda corta me ofrecía un poco de encanto, porque así me volví, un reeducado coyote de bar con luces de neón, un desperdicio de alma que tira a encestar sin ver posibilidades.

Evidentemente, hay aquí una contraposición más allá de mi piedra y mi dentadura, la mayor piedra con la que he tropezado jamás estaba también en esta historia, quiero anotar de forma mayúscula que es la mayor piedra con la que he tropezado jamás.
Lo que quiero decir es que quiso el tiempo demostrarme que estaba equivocado una vez más y que alejarme de aquéllo que me podía inspirar no era una buena idea, porque me iba a lanzar algo que ni siquiera iba a preveer, algo con las cualidades que siempre busqué, encontré y perdí, las justas que perderé y que poco a poco estoy perdiendo, lo peor de todo es que me duele casi tanto como si las tuviese y creía que estaba dejándome claro que no las tengo.
Ver para creer que no es retazo de sueño sino protagonismo etéreo que el claro de luna que llama a mi puerta está rompiéndome las ventanas a llamadas y que sus colmillos se están clavando en mi piel para desgarrarme la carne del alma y dejarme huesudo perdío, reventado en la cama, atado a una realidad que no quiero, que es que soy de carne, de huesos y de hormonas, que no hay números que prevean una erección con tu vecina la del culo respingón ni que te alivien el dolor de chocarte con el mueble en el dedo meñique del pie. Que lo que más me dolió es que verla en mi situación es el tormento que nunca deseé a nadie y yo la sitúo en este lugar cada día, que sentirme ridículo no es ni más ni menos que lo patético que he llegado a sentirme por abrazarme a un sueño con forma de globo, globo que no vuela ni flota sino que se hunde conmigo hasta dejarme ahogado en las tinieblas de un valle que representa lo vacío que se halla mi ser desde el momento en que decidió ser uno sólo para acostumbrarse a vivir de la caza y no de la sociedad y que, hoy día, es incapaz de volver a su piso en la ciudad.
Trozo de carne y vísceras que deseó ser algo más y se encontró con que patinar no es tan fácil si lo haces sobre arena.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Pasos repasados

Última llamarada de mi mechero solitaria que ilumine mi mundo y último humo que me rodee mientras me dejo caer en mi sillón.
Qué sonrisa más tonta me sale cuando recuerdo todas las veces que lo he hecho y que fueron las últimas hasta el momento, sin mencionarlas por ningún sitio, quedando inconexas, inexistentes e insustanciales, simplemente banales y dulces, en mitad de mi espacio tiempo.
Ay de mí, piensa mi mirada al verme reflejado en la pantalla en negro, ay de ti que no puedes parar ni para respirar tu tiempo con tranquilidad, me dice.
Y mientras tanto, yo, poco a poco dejo de mirar esta mirada y me sitúo sobre el folio, aún en blanco, y pienso mil y una cosas, las pienso, sí, pero soy incapaz de conectarlas con el papel, así que me vuelvo a reclinar y sigo con mi tranquilidad, con mi tiempo fluyendo y mi cabeza volando.

Cuando empezó este año, supongo, nadie podía decirme, sin provocarme una carcajada, que se me iba a acabar la facilidad para escribir y que se me iba a turnar en un camino tortuoso que me provocase más frustración que alegría, que mi droga me iba a hacer adicto y su precio iba a ser alto.
Hoy, en su última madrugada, la que explotan los que no tienen memoria y sí futuro, no hay ruido en las calles, parece que todo el mundo descanse, pero tampoco me lo creo demasiado, quizás quieran parecer formales cuando llegue el momento de las uvas y los besos cordiales.

Intentaré, pues, como cada año, usar lo que queda de mi memoria para recordar con el pecho lo que no fui capaz de afrontar en su momento y que, aún hoy, me cuesta:

Empezó el año como un buen chiste, uno de los de club social, uno de los de todos reír, algunos atragantarse y otros muchos intentando retenerlo en la memoria para soltarlo en la próxima reunión que los haga partícipes. Así empezó, sin preocupaciones, con el cobijo de que nada podía salir mal y con la suavidad de unos labios bajo mi halo de protección.
Continuó el año como una estrella fugaz que iluminaba mi sonrisa, mis motivos o mis ganas y me tiraba "p'alante" con tanta fuerza que, aunque no hubiese querido, hubiese seguido avanzando.
Sin más, como es normal en mí, tropecé; perdí los labios, mi halo de protección se quebró, mi estrella fugaz se fue mientras meaba en una esquina y se me olvidaron todos los chistes que contar, quedándome sólo el desconsuelo de quien pierde una madre en periodo de lactancia y queda relegado a comer lo que empresas de hielo creen que debo consumir, con ese sabor que hace llorar al lactante por no ser del calor de su madre. Así me quedé, como lactante sin leche, sin calor, sin abrazos ni nanas.
Al poco, la inercia de cuando seguía a la estrella y mi falta de luminosidad posterior me hizo chocar con los árboles que se me fueron colando en cada curva, y yo quise seguir corriendo para alcanzar a mi estrella en eclipse, así que no paré ni porque una rama me arañase la cara o la espalda, continué.
Cuando me quise dar cuenta, en mi correr sin luz, me quedé sin camino y la inercia que ya llevaba sonó a canción de despedida cuando caí por mis barrancos, los que se crearon a partir de las grietas de mi halo de protección, y caí, y caí, y caí.
Cuando desperté estaba en el psiquiátrico de mi propio mundo, botando con mi camisa de fuerza, hablando con mis miles de facetas buscando la que me diese la llave para salir. A cámara lenta y sepia, mi mundo empezó a verse como un callejón sin salida, mudo y sin subtítulos.
Cuando me dispuse a cerrar los ojos y esperar, me abofetearon la cara con máscaras de polietileno y me mantuvieron despierto con chistes malos, como si la vida tuviese más sentido con esos chistes cortos que la gente suelta cuando nadie tiene nada que decir y crean el terreno perfecto para que un grillo les amenice el rato que les queda.
Me obligaron a mantenerme despierto y me dieron mi máscara de polietileno, hecha 100% en probeta, y yo continué, y olvidé mi parte natura, mi parte más herbácea, en un rincón, porque los señores de las máscaras me lo dijeron, que mi natura no era nada sin mi polietileno, así que tendría que aprender a usar mi máscara antes de poder aparentar ser una persona normal. Y así me recluí, entre rincones oscuros, puertas abiertas y las preguntas...cuántas preguntas. Todo el mundo tenía preguntas, algunos hasta lágrimas, otros hasta compasión, odiaba sus miradas de compasión, pero no lo sabían, total, mi cara estaba tras la máscara.
Con el tiempo, no sé qué pasó que me decidí a retomar el camino, sin máscara ni natura, con la única ayuda de mis ganas, y así comencé a andar, sin rumbo ni metas, simplemente, andar por andar.
En realidad, mi año termina en una caminata interminable, con momentos remarcables y no tan remarcables, sin recordar mejores labios que los que una vez protegí, sin saber si realmente los quiero o los odio, si volveré a tener algunos parecidos o mi estrella fugaz desapareció, sin más.
Por el momento, como dice una buena canción, "si algo me inspira, huyo", y no permito que nadie pierda su luminosidad en guiarme, porque quiero andar sin propósitos, por el simple hecho de andar. Recorrer cañones, espaldas, ametralladores y caderas, labios secos y húmedos, ojos alegres y tristes, playa y montaña, ciudad y selva, sin más preocupación que seguir andando, sin saber si mis huellas se marcan en el suelo o no, sólo sabiendo que quiero seguir para saber hasta donde puedo llegar sin agua ni gas.

Sin más, deseo un feliz 2013 a todos los lectores y los no lectores, que este año esté cargado de gratas sorpresas y experiencias inolvidables que sirvan y no sólo dañen. Espero que nuestro mundo no se destruya por la progresiva falta de sueños y demasiadas horas de dormir, que el tiempo nos ponga en nuestro lugar y que la música no pare hasta que no deje de haber música.

Como siempre, gracias y de nada.

sábado, 8 de diciembre de 2012

La balsa

Porque no hay nada como mecerse entre esas pequeñas ondas que se forman en el agua, con el pelo mojado, con las orejas sumergidas, oyendo lo que el mundo acuático que te sumerge te quiera susurrar.
Porque no hay nada como cerrar los ojos y dejarse llevar por ese frío que acalla tu calor y le da sentido a las toallas.
Por todo ello y por más, es por ello que nos alejamos del agua, porque nos gusta y nos atrae, porque nos aleja de nuestra realidad de granito y nos acerca a nuestro corazón de nube de algodón.

Mis oídos funcionan a su voz y su sonrisa, su pelo recogido a una oreja, su naricilla rozando mi mejilla. Mis ojos recién abiertos y mi boca despegándose para poder entonar la mejor canción que sé, ese áspero "buenos días", otra vez cantada y otra vez el público se levanta a aplaudir con un beso.
Esa cama que me puede contar mil batallas y pocas perdidas por cualquier bando que ahora nos ve como siempre, jugueteando con la luz y no puedo parar de mirar su sonrisa, sinceramente, no puedo. No puedo parar de ver esos pliegues una y otra vez, de querer taparlos con mi sonrisa y cubrirnos el uno al otro en miles de cuentos.
No puedo, y lo peor, es que aunque pudiese, no quiero.
Esa sonrisa que me ha traído tanto y me ha pedido tan poco es tan sincera como los sí de un niño o los no de un borracho, es tan sincera como los miles de lametones que me habrá dado y habrá dado más allá de mí pero que no tengo que perdonar porque todos nos tropezamos hasta encontrar el tropezón definitivo, que no sé si seré yo, pero, desde luego, yo no encontraré mejor sonrisa que la suya.
Esta cama que nos recoge me está pidiendo que no la pierda y yo la miro condescendiente, no hace falta que me lo digas, amiga, sé lo que tengo y que no lo quiero perder, por nada del mundo quiero perderla ni a ella ni a su sonrisa.
Mi mano le recoge el pelo a la otra oreja y ella se echa sobre mi mano, que sujeta su cabeza para acercarla a mi boca y, después, dejarla junto a mí.
-No me valdrán tus tretas para que no te levantes, dormilón.
-¿Qué más dará que me levante o no? ¡Tengo mil tesoros escondidos sobre la cama!
-Ah, ¿sí? Pues yo te sigo viendo igual de pobre de espíritu que cuando te recogí.
-Puede, pero, aunque pobre, feliz de tener mi pan de cada día. - Porque ella para mí es maná del cielo y porque desde que la tengo no soy pobre de espíritu.
Y los dos nos quedamos, juntos, abrazados, ajenos al mundo...hasta que el mundo nos rugió.